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17 de Febrero, 2006


aldo defilippo, uruguay

En la noche

Aldo Roque Difilippo

No pudo determinar cuando tuvo el primer síntoma, pero una noche creyó estar durmiendo junto a un enorme animal, sudoroso, mezcla de insecto con batracio. Se sobresaltó. Encendió la luz y todo era normal. Su mujer dormía sobre el costado derecho, dándole la espalda. La luz proyectaba sombras rotundas sobre el arrugado camisón de la mujer, que parecía una muerta de abandono a un costado del camino, con los cabellos semejando una maraña de alambres tirados en el piso sucio.

«Que sueño extraño», pensó Ramón. Aún le quedaba esa sensación, mezcla de pánico infantil e indefensión, conservando incluso cierta certeza en la piel de haber rozado algo gelatinoso y frío.

Volvió a dormirse, pero con los sentidos alerta, pues el corazón le palpitaba sin sentido, provocándole cierto sudor en las manos que lo hizo sentir incómodo. Al despertar, acosado por la campanilla del reloj, que amordazó de un puñetazo, le costó recordar aquel extraño sueño.

Se higienizó con mecánica pulcritud cotidiana, y al salir del baño ajustándose la corbata, percibió el olor penetrante al café que todas las mañanas su mujer le preparaba. Intercambiaron un par de monosílabos, casi las mismas frases del día anterior, mientras tomaba su café con pan con mermelada. Su mujer bostezaba apoyada al fogón de la cocina.

Acordaron que hoy no volvería a la hora del almuerzo, debía concretar un par de negocios en el centro, y a primera hora de la tarde debía estar en el otro extremo de la ciudad en una reunión ineludible. A la noche cenarían juntos, siempre que no surgiera algún inconveniente.

Su mujer lo despidió con un beso junto al zaguán, y volvió al calor de las sábanas.

   El día para Ramón transcurrió con los sobresaltos normales de su actividad, en tanto su mujer gastó la jornada en medio de la cotidianeidad hogareña, plumero y escoba en mano en esa casa que últimamente le resultaba inmensa.

   «Los sueños -pensó Ramón- siempre nos dejan esa extraña sensación, mezcla de realidad incontrovertible y vaguedad, que nos llevan a pensar si fueron producto de nuestra imaginación o si realmente sucedieron, y es nuestra mente la que rehuye a recordarlos».

   Almorzó frugalmente y sin convicción en un bar cerca de la una de la tarde, y  al encender un cigarrillo como corolario de aquel ritual diario, revisó su agenda. Hoy llegaría nuevamente tarde a casa, y seguramente su mujer lo esperaría frente al televisor con la cena pronta para recalentarse en la hornalla de la cocina. Ella a esa hora ya no lo acompañaría, pues luego le sería imposible conciliar el sueño con tanto peso en el estómago.

   La jornada para Ramón fue una sucesión de incompatibilidades. Los negocios no se concretaron y la reunión de trabajo fue una seguidilla de desencuentros con sus compañeros y el jefe. Parecía que todo seguía un destino contrario a su suerte.

   Llegó cansado. Agobiado por la corbata y el dolor en las piernas, entumecidas por la caminata y la asfixia que le provocaba ese maldito par de medias comprado de oferta por su mujer, que le ceñían las pantorrillas.

   Fue regando la casa de prendas y efectos personales: las llaves sobre el bargueño, los zapatos y medias en el baño, el pantalón la camisa y la corbata sobre la cama, el portafolios en quién sabe dónde; y se dejó caer en la silla de la cocina, en calzoncillos, a devorar su cena con la vista clavada en el gratificante blanco de la heladera.

   Después se sentó en el sillón del living, dormitando frente al televisor, asintiendo con la cabeza al monólogo de su mujer.

   La voz del televisor, que  emitía un programa de inaudita banalidad, se confundía con la de su mujer, y él contestando con gestos, sonrisas, o frases telegráficas para continuar con la mente ocupada en no pensar en nada.

   Como si todo estuviera cronometrado, la pareja sin decir nada, se levantó al unísono. Uno apagó el televisor, el otro revisó las puertas y las luces. Uno se cepilló los dientes mientras el otro daba cuerda al reloj despertador, esperando su turno y, sincronizadamente, se dejaron caer sobre la cama, roncando en un dúo perfecto. Un ensamble de movimientos practicado por más de veinte años.

   Tanto los unía la rutina que esta sucesión de movimientos apenas si variaba cuando uno, casi siempre él, preguntaba y el otro respondía «Si», para desnudarse y explorarse en una noche de sexo, de pasión controlada al rescoldo añorante de viejas vibraciones; siempre del mismo lado de la cama.

   La segunda noche, por lo menos de la que tenía recuerdos, le pareció sentir un sonido monocorde. Algo así como el ronroneo de un motor sordo y oxidado que gemía muy cerca de su oído. Cierto pánico inexplicable le impidió despertarse de inmediato y tardó toda una eternidad en abrir los ojos. Las manos le sudaban y en la piel le quedaba esa rara sensación de haber sido rozado por algo de consistencia indefinida.

   Encendió la luz y el silencio nocturno ocupó cada zona de sus sentidos. Su mujer parecía la bella durmiente de un cuento grotesco, durmiendo de costado, con sus anchísimas caderas y esa espalda que la luz de la veladora agigantó contra la pared en una sombra maciza.

   Se levantó. Examinó la casa encendiendo luces, corriendo cortinas y sillas, y se volvió a dormir aún más desconcertado.

   Los días se fueron sucediendo casi idénticos. Aquel trabajo no le deparaba mayores sobresaltos, salvo los consabidos entredichos con su jefe. A la noche volvía a despertarse agitado, intuyendo la presencia de algo muy cerca que a veces ronroneaba o bostezaba, emitiendo un sonido gutural, indescifrable, o que olfateaba muy cerca de su oreja. En la piel siempre le quedaba esa sensación ignota: un leve sudor helado, la certeza de algo viscoso, quizá escamoso; y la enorme interrogante que le hacía galopar el corazón con un pavor e indefensión que lo volvía a la niñez.

   Solía dormirse con los sentidos en alerta, como queriendo captar algo en la espesura de la noche, que se volvía interminable.

   Se quitaba los lentes, los guardaba pulcramente en su estuche en el cajón de la mesa de luz, detrás del revólver que por precaución guardaba cargado al alcance de la mano.

   Despertando sobresaltado, a veces con el corazón agitado sin un sentido aparente, y volvía a dormitar como el centinela de un puesto de campaña, intuyendo que será sorprendido por algo o por alguien, y que por más que lo intente el cansancio lo traicionará y el sueño será la oportunidad propicia para  que su enemigo le tienda la emboscada.

   A la mañana despertaba extenuado, agobiado por esa duermevela que le dejaba entumecido los músculos del cuello y la espalda, y la necesidad de un descanso reparador.

   Cierta noche tuvo una premonición más certera. Intuyó la presencia de ese animal o bestia que él suponía enorme y con aspecto de sapo escamoso y babeante, y decidió no sobresaltarse. Abrió lentamente los ojos, como si estuviera regresando de un sueño placentero que no se quiere abandonar. Dejó que las cosas fueran tomando forma en medio de la oscuridad. Primero fueron contornos difusos. Escalas de negro dibujándose en lo negro de la madrugada, apenas salpicadas por un impreciso atisbo de luz llegado del exterior y que no conseguía perforar las persianas. Luego las formas cobraron mayor nitidez igual que si alguien hubiera  calibrado un lente, enfocando mejor la imagen: era  una forma grotesca, indefinida. Le pareció que hasta ampollada o plagada de granos o verrugas. Esta vez no roncaba ni gemía.

   La tranquilidad de la noche le perforó los oídos. Tensó sus músculos, igual que un arquero su arma y en un movimiento seco taladró la oscuridad con la luz de la veladora.

   Era su mujer que dormía, impávida, con esa imagen de bella durmiente grotesca y tonta. Se condolió de su paranoia. Fue hasta la cocina por un vaso de agua y al meterse en la cama se durmió pensando en cosas sin sentido.

   A la mañana bostezaron a dúo. Ella en camisón, acodada al fogón de la cocina. El bebiendo su café que no logró despabilarlo por completo. Parecía una vela doblada por el calor de un verano sofocante, magullado y arrugado tras tanta tensión y vigilia. Al despedirse, le pareció percibir en sus mejillas cierta turgencia. Como si ciertas protuberancias se estuvieran aplacando. Le pareció oír cierto ronquido de moribundo, muy leve, apenas audible; pero lo escuchó.  

   Esas sensaciones lo persiguieron toda la mañana, junto con una pestilencia extraña que se le impregnó en la piel, y que el jabón ni el perfume pudieron borrar.   

   A la noche llegó más cansado que de costumbre. La corbata parecía una línea mal trazada, tambaleante y arrugada, pendiéndole del cuello. Los zapatos que daron tirados en el baño, abandonados con desprecio después que lo habían torturado durante todo el día. La camisa sobre la cama era un trapo arrancado por el viento.

   Cenó como un rumiante resignado, con la vista hundida en el blanco de la heladera.

   Se acostó sin cumplir con el ritual de dormitar frente al televisor. Prefirió la oscuridad del cuarto y la tibia compañía de la radio a la sucesión de imágenes y colores sin sentido del aparato que embrujaba a su mujer. Se fue durmiendo con la serenidad de un anciano sabio, y comenzó a viajar por un sueño donde dejaba el corazón y las entrañas en cada beso, caricia o mirada. Su amante era sin dudas la mujer perfecta. Las caderas de Julia, su primera novia. Las piernas de Mirna, aquella que lo abandonó cuando él estaba dispuesto a hacerse matar si fuera necesario, tan sólo para retenerla un día más en la cama. Las manos de Mariana, su compañera de trabajo, que lo sedujo sin proponérselo, y a la que nunca  le dijo nada; y la pasión desenfrenada de Marcela, un amor adolescente e irrepetible.

   No tenía, o no recordaba, su rostro. Sólo que era irresistible no tocar y besar aquel cuerpo.

   De pronto el ronquido de moribundo sonó como un estampido en sus oídos, y ese olor a podredumbre le perforó la nariz como una puñalada a traición. De una contorsión convulsiva cayó de la cama dando con todo el cuerpo en el suelo. Rebotó y se incorporó como una pelota en el mismo instante que su mujer encendía la luz y en una mueca deformada le exhibió su lengua viperina de culebra en celo.   Su cuerpo ampollado, plagado de incontables bultos escamosos, exhalaba una fetidez que invadió la habitación. La actitud de ese monstruo, que guardaba algunos retazos del cuerpo de su mujer, parecía pacífica, pero su sonrisa desafiante y el chasquido de la lengua que serpenteaba y se contraía en el aire, le helaba la sangre. Los músculos se le paralizaron y el corazón bombeando con tanta fuerza que apenas si podía sostenerse en pié.

    La mujer sapo, o la bestia sapuna, porque de alguna forma tenía que definirla, se arrodilló en la cama. Tenía unos ojos enormes, desmesuradamente abiertos y sanguinolentos, como los de un conejo recién degollado. Las manos eran semi muñones, con dedos grotescos, unidos por una membrana deforme y arrugada. La boca apenas un tajo deformado de donde caía una papada rolliza acorde con el prominente vientre que le ocultaba casi por completo  las piernas. La piel era de una consistencia indefinida. Por efecto de la luz, parecía un cuero grueso y rígido como un tambor tensado en exceso, pero del lado de la semipenumbra, parecía fofa, gelatinosa, de una consistencia viscosa casi a punto de putrefacción.

   Ese instante pareció eterno para Ramón. Sus ojos no llegaban a comprender y dimensionar en lo que se había convertido su mujer.

   Munido del coraje que nunca tuvo, prácticamente saltó hasta la mesa de luz para extraer el revólver y descerrajarle todos los disparos que le fuera posible. La bestia no tuvo tiempo de reaccionar, apenas si alzó un brazo para caer con medio cuerpo fuera de la cama, contorneándose en un escorzo que sus cortas extremidades no pudieron completar.

   Ramón tiró el arma tras el último chasquido que le indicó que había agotado el cargador.

   El cuerpo de la bestia temblaba en estertores esporádicos, emitiendo un ronquido de moribundo que se fue apagando, consumiendo el aire y la escasa luz. Ramón corrió al baño a quitarse la sangre de las manos y la cara, y se quedó frente al espejo sin mirar ni pensar en nada. Le pareció que fue tan sólo un segundo, pero en realidad fue mucho más que eso, y se sobresaltó con el golpeteo imperativo del zaguán. Dudó en abrir, pero al final franqueó la puerta al oficial de policía.

   Intentó explicar pero fue en vano: en la cama yacía su mujer en medio de un lagunón de sangre.

   Intentó excusarse, diciéndole que aquel enorme animal ampollado, babeante, y de lengua viperina, casi lo devoró, y que él solamente atinó a defenderse descargándole el arma a quemarropa. Era inútil toda explicación. En la cama yacía el cuerpo de su mujer con el camisón taladrado por las balas. Una mujer que al policía le pareció inofensiva, común, recordándole esas señoras que a diario se encontraba en la cola del mercado, en la calle con sus nietos, con su vida vulgar y en las antípodas de suponerse que podían morir de esa forma que el uniformado catalogó como pasional.

   Es que cuesta creer que esas mujeres de batón floreado, con su bolso chismoso colgado del brazo como una prolongación del cuerpo, pueden generar historias sexuales, pasiones desenfrenadas, celos, o quién sabe qué, conjeturó el policía, para terminar tendidas en la cama con tantos disparos en el cuerpo como los de un combatiente que cae en medio del fragor de la batalla.

   Ramón repitió la historia todas las veces que pudo. Frente al policía, al abogado defensor, frente al juez, y a viva voz cuando el fallo del magistrado lapidó su suerte y lo condujeron a la cárcel. Por supuesto que nadie le creyó.

   Su nombre fue noticia, y su historia fue contada desde casi todos los ángulos posibles, con esa notoriedad de los hechos mediáticos. De la nada, de la ignorancia más insondable, ese perfecto desconocido llamado Ramón, con su apellido vulgar, y su pasado insulso, cobró notoriedad en una relevancia casi infame, sólo por esas veinticuatro horas de vida útil que tiene un diario. Después sólo un par de columnas esmirriadas se ocuparon de él, o escasísimos segundos televisivos y radiales, para volver a ese anonimato que constituyó su vida.

   Acostado en la prisión, Ramón ya casi no meditaba. A veces fumaba hasta la madrugada. A veces sólo miraba el techo.

   La vida en aquel recinto no era la mejor, pero la comida no era tan mala, apenas comida; y su compañero de celda apenas si hablaba. Podía ser peor.

   Una noche, imprecisa de verano, su compañero dormía. Ramón apagó el cigarro y en la bruma del primer sueño le pareció estar durmiendo junto a un enorme animal, sudoroso, mezcla de insecto y batracio. Estiró la mano y no halló la mesa de luz.

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:32, Categoría: cuento
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Wilson Armas Castro, uruguay

La Inmortalidad

Wilson Armas Castro

-El hombre se quedó con la cruz de madera que mi padre le había fabricado a su pedido, con la finalidad de regalársela a la Iglesia.

  -Ya que es una donación, -apoyó mi padre- quiero, también yo, contribuir con mi trabajo a la obra de la Capilla…

  El hombre agradeció el gesto y echó a la camioneta la pesada cruz de madera, pulida y lustrada. ¡Era una joya!

    Yo conocía al sujeto. Es, porque aún vive, un anciano echado para atrás, que descansa su nuca en los mullidos respaldos de su enorme fortuna. Todo el mundo conoce su prosapia y admira el fenomenal esfuerzo con que ha  manejado su capital. Pero muy pocos saben que es uno  de los tantos exponentes “que comen santos y cagan diablos”

  Miro a Pocho y le pregunto:

-Decime Pocho, ¿qué valorás más en tu vida? 

   Después de haberme hecho el cuento de la cruz de madera, no pude contenerme sin formularle esta adivinanza.

  Pocho se rascó la cabeza, puso cara de circunstancia y al cabo de un momento me dijo:

-No te entiendo, no acabo de entenderte.

-Pensá un poco, Pocho. Me acabás de hacer un cuento que me deja perplejo y se me ocurre pensar en esa pregunta: ¿qué valorás  más en tu vida?

   Sigue pensando. Se rasca el mentón, después la nariz, sigue por las orejas y  al fin me dice: -Me metés en cada lío, vos. ¡Mire que si voy a saber qué cosa es más importante en la vida! ¡Para mí son todas importantes!

-¿Cómo cuales?

 

- Y... hay tantas cosas importantes por las que  bien vale vivir...

-Bueno, mencioname una, por lo menos.

-Hay ejemplos a montones... Para cualquier lado que mirés, hay uno. Mirá para allá, ¿qué estás viendo?

   Le hago el gusto, miro hacia donde él me indica y lo único que veo es a su perro que se rasca afanosamente la barriga.

-Mirá que te estoy preguntando en serio.

-Y yo te contesto en serio.

-Vos me estás tomando el pelo, Pocho, - le digo-.

   Pero Pocho está realmente serio. Su actitud es de profunda seriedad, de preocupación, diría yo.

-Me dijiste que era en serio la pregunta, ¿no es cierto?

-Claro -le contesto-.  Pero no es para tanto. Ponés cara de  actor trágico.

-Si me preguntás qué es lo que valoro más en mi vida, me es fácil contestarte. Sabés bien que me educaron con  las  normas de un creyente  cristiano; por consecuencia, debo establecer que si Dios nos dio la vida, no dudo que lo más importante y de más valor, es mi vida.

   Pocho es un hombre de unos cincuenta años, carpintero de profesión y siete oficios por vocación. Su contextura  física  le permite  trabajar a “full” y su inquietud por hacer cosas, lo llevan a incursionar en una multiplicidad de actividades; desde desarmar un motor de coche hasta levantar una casa de material; solazarse con la pesca durante una tarde entera a orillas del río; fabricarse un tamboril y tocar a ritmo de  candombe caliente, una canción del Negro Rada es una diversión de locura. Un ejemplar de hombre que, si lo juzga un citadino, seguramente sentirá un poco de envidia al verse empequeñecido por la superioridad artesanal de Pocho. Contagia con su vitalidad, con una sana alegría de vivir. A veces -me digo- si no es más útil y efectiva la convivencia  junto a una persona sana, de trabajo, que practica una  sencilla terapia  que combate la peligrosa depresión.  La depresión anímica es una afección que está de moda, que se enquista en el sujeto cuando al pobre diablo le faltan las ganas de vivir.

-Muchas veces, Pocho, -sigo diciéndole - vivir junto a  un quejumbroso  llorón, te enferma gravemente por contagio.

-¿Y a qué viene toda esa retórica? -me  corta Pocho,  bastante fastidiado.

   Pero lo corto y no le permito seguir. 

-Dejame terminar, hombre, -le digo-. También la ambición desmedida por acumular guita, vos bien sabés, -me mira medio caliente- corroe el espíritu y pudre el alma  -le  agrego para remachar el juego, para que le dé más bronca-, es el tesoro más preciado que  el hombre dispone para soñar.

   Pocho me mira socarrón.

  Me da a entender que no cree un pito  en semejante tontería.

-¿No lo creés? ¡Hay tantos ejemplares sin sueños  que conviven con  nosotros!  Vivir sin sueños…

   Me detengo porque la moralina, al parecer, lo revienta.

- Pero  la codicia  –continúo- es la moneda corriente en estos tiempos. -Y Pocho  vuelve a mirarme-.  Por algo, los  grandes escritores  han  pintado estos vicios con  dos caras. La avaricia es una de ellas. Harpagón fue  inmortalizado por Molière. Leé esa  obra y  ya verás a un sujeto podrido en plata….

-Bueno, dejémonos de tanta filosofía –me corta Pocho-  estoy podrido  de escucharte vomitar tanto bla,  bla,  bla, al cuete.

-No me desprecies, Pochito. -Lo acaricio con  ese diminutivo  porque me doy cuenta que está cansándose.- Es un buen ejercicio hablar de vez en cuando de estas pavadas. ¿No te parece?

 -¿Y por qué me las embutís a mí? -me cortó. Pensé que reventaba en ese momento.

-Dejame que te explique - le interrumpí -. Habrás tenido que ir alguna vez al cementerio. ¿No? Estoy seguro que  chocaste con un precioso panteón que aún está vacío, sin ocupar. Bueno, fue construido a pedido del interesado. ¿Entendés? El interesado, el futuro ocupante,  aún está  vivito y coleando; bueno ese mismo  afirma que después de la muerte el alma continúa viviendo; que la existencia no termina con la muerte. Sigue obsesionado por seguir con el estatus que hoy disfruta en vida. ¿Has visto esa caja fuerte hecha de granito negro? Se parece, más a una fortaleza que a un panteón. Parecería que el dueño piensa en defender la inviolabilidad de su tesoro, aprisionado en ese recinto a prueba de robos. Claro –pensará-  acá se alojarán mis huesos;  los restos de un dichoso mortal que espera la muerte para tenerla de compañía. Tiene  una puerta  de cristal triple, irrompible, que sólo lucen los palacios modernos. Sin dudas, el dueño, lo ocupará definitivamente dentro de poco tiempo. No sé qué espera ese hombre. Se me ocurre pensar que lo hizo construir para sobrevivirlo. Porque la muerte no es la muerte definitiva, pensará. Estando muerto vigilaré a mis familiares y les dictaré normas sobre cómo ahorrar dinero; los obligaré a  no dilapidar lo que con tanto esfuerzo  acumulé en mis ochenta y ocho años  de avaricia. Desde ese  lugar  estaré  dominando con mi espíritu, las acciones bursátiles que les dejé para que especularan; trataré que mi imagen sea preservada en el recuerdo público. “El mundo  deberá detenerse frente a  mi  monumento de granito negro, pulido, que refleja los añosos cipreses inmortales del cementerio; y  las multitudes se detendrán para exhalar una exclamación admirativa: ¡Acá descansa un hombre probo y prudente, ejemplo de austeridad durante su larga vida! Dirán: ¡cómo supo ahorrar, cómo pudo edificar su fortuna en tiempos tan difíciles, cuando todo el mundo tiraba dinero por la borda! ¡Un  ejemplo  de “homo economicus”!  Probablemente –piensa- su carne seguirá indemne, fresquita a pesar del tiempo caluroso; desafiante a la eternidad universal. Y en las venas seguirá corriendo la sangre, y el corazón seguirá palpitando, potenciando su cerebro  que continuará, sin detenerse, operando a la enésima potencia, hasta llegar al infinito, en las alturas de la  ultra vida.  Y los humores de los tejidos, la solidez de los huesos, la mielina de sus músculos seguirán, inexorablemente, sin evaporarse; el movimiento peristáltico de sus tripas, el filtro del riñón, las secreciones hormonales, la sensibilidad táctil y las infinitas funciones del cuerpo no se detendrán jamás… Finalmente, el espíritu de Harpagón, imperturbable, desde su inmortalidad libresca, permanecerá incólume, per seculam seculorum, en el recuerdo de las generaciones. Mientras siga en su tumba, ese señor continuará haciendo cálculos de pérdidas y ganancias –continuaba hablándole a Pocho, que cambiaba de color como el camaleón enojado, tal vez buscando un espacio para mandarme a la M…- Buscará las formas elegantes del cicateo y seguirá regateando e imponiendo sus condiciones leoninas a los pobres desgraciados a  quienes les  prestó dinero para que otro usurero no le ganara de mano. ¿Y cuándo llega ese señor?, gritará el silencio de la bóveda. La hermosa cruz que fabricó tu padre para los Salesianos, -otra vez le revuelvo los sesos a Pocho- seguirá, allí, ingrávida en el lugar de la cabecera del ataúd.  Alguien pasará creyendo que  el difunto está disecado en su eterno descanso y le  rezará una  contrita oración. Pero el difunto aun no ha llegado.

-No exagerés -gritó  Pocho caliente como un ají-. Pintás de negro todo lo que cae en tu enfermiza imaginación  de tipo  derrotista.

   Pocho no pesca la ironía de mi filípica. Continúa perplejo ante mi hermoso macaneo imparable.

-¿Quisieras explicarme, Pocho, por qué ese hombre mandó construir su tumba con tanta antelación? Es posible que crea que su vida  fue ejemplar, digna de ser imitada, y, tal vez, por qué  piense que ha conquistado su INMORTALIDAD. Mirá, Pocho –continúo- un insigne poeta nuestro escribió lo siguiente:

  “VIVIR SE  DEBE LA VIDA,  DE TAL SUERTE,

  QUE VIVA QUEDE EN LA MUERTE”

   Y Pocho me miró como para matarme.

   Yo creo –seguí sin importarme un pepino su bronca– que se podría grabar esa sentencia, como epitafio, en la puerta  de cristal triple irrompible del  lujoso panteón. ¿Qué te parece, Pocho?

   Pocho  quedó serio como perro en bote. Yo largué la carcajada.

   No entendió el chiste, no pescó nada. Estoy seguro que mi broma le pasó por arriba.

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:22, Categoría: cuento
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horacio quiroga, uruguay

Horacio Quiroga

(Uruguay 1878- Argentina 1937)

 

Muy caro: dos pesos

 

Entonces Luis Alemandri, dibujante, fue llevado a pensar así:

Los comerciantes son seres extraordinarios. Estos tres son perfectamente honrados, de ello no hay duda. Pero su honradez está sentada sobre tales singulares conceptos de viveza que resulta, para el que como yo no es comerciante, absolutamente indescifrable. Son sobre todo extraordinarios... -Ahora es conmigo se interrumpió espantado viendo que uno de los comerciantes que desde media hora atrás ejercían de críticos literarios, se dirigía a esta vez  a él.

-Algo -repuso el dibujante- he hablado con él una sola vez.

-¿Ah, lo conoce usted? ¿Y usted cree que es  mozo de talento?

-Me parece que sí.

-¿Sí? Pues bien, vea lo que son las cosas. Yo lo conozco mucho. G. vino aquí muy muchacho, a la casa de un hermano que estaba establecido afuera. No se puede figurar usted individuo más inútil que G. No hacía nada, no servía para nada. Su hermano le echó un día. Era un completo haragán. Después probó esto, lo otro, lo que más allá, y en todo fracasó. No se puede usted figurar, le repito, un ser más inútil. Pues bien, ahí lo tiene usted. Viendo él mismo al fin que no servía para nada, pues se hizo literato. Y ahí lo tiene usted, ¿eh?

Aunque Dios había librado al dibujante de intervenir de sus tres fortuitos compañeros, esta vez el mismo Dios lo abandonó.

-Creo, sin embargo -atrevióse- que G. Leía mucho cuando era dependiente.

-¡Y bien! ¡Ahí está! -respondió el rotundo sujeto.

-¡Era lo que hacía! ¡Todo el día con un libro! ¿Y  qué más hizo? Yo lo conocía, le digo a usted. En ninguna parte duró ni sirvió para maldita cosa. Era incapaz de hacer lo que cualquier rapaz... Eso es, yo también he hecho un verso... Y ahí lo tiene usted, le repito convertido en un literato.

-No hay duda, son seres extraordinarios -tornaba a  pensar el dibujante, soportando con incómodo pudor la mirada victoriosa del otro. Pero éste continuaba:

-¡Ahí está! Y ahora gana así cuanto quiere... ¡Bonito trabajo el de ustedes!

-¡Perdón! -se excusó vivamente Alemandri- yo no soy escritor.

-¡Es lo mismo, es lo mismo!... ¿Usted dibuja en las revistas, según entiendo?

El aludido hizo un gesto de tan vaga aquiescencia, que el comerciante triunfó de nuevo.

-¡Ah, usted mismo lo reconoce! ¡Eso es! Ganan todo el dinero que quieren hablando cosas y haciendo figuras. Y uno suda y suda... ¡No se enoje, ande usted! Lo digo de todo corazón.

Pero si el dibujante no se enojaba, el diablo lo tentó esta vez a hincar un poquito el diente en aquella sudorosa gordura.

-¡Oh, no se gana tanto! -dijo. y a veces hay que trabajar bastante más que ustedes mismos...

-¡Hombre, que tiene gracia! Bueno, bueno... Si usted llama a trabajar...

-Y enormemente. Si me permite le contaré en dos palabras un caso. Solamente que el sujeto en cuestión no es ni dibujante ni escritor... Pero es de los que hablan cosas, como usted dice. ¿Quiere oirme?

-Hable usted, hable usted.

-El caso es muy reciente -comenzó Alemandri- hace dos o tres noches. Yo vivo en Banfield, soy casado y tengo dos hijas. Vivo bastante retirado de la estación y cuando llueve se embarra uno hasta las rodillas.

Pues bien, una de las últimas tardes llegó a casa, al final de un terrible chubasco, un amigo a quien hacía mucho tiempo no veía. Su visita me sorprendió bastante, pues aunque amigos, como acabo de decirle, no nos vemos sino de tarde en tarde.

La persona en cuestión -llamémosla X- es uno de los hombres más vastamente ilustrados que yo conozca y tiene en especial una conversación única como encanto. Hacía cuatro días que yo no salía de casa, curándome aún de un fuerte amago de influenza. Y cuatro días, figúrese, solo en su casa, quien como yo está acostumbrado a pasarlo fuera todo el día... Sí, mi mujer... pero dos chicos no dan mucha libertad a la madre.

En fin, X me trajo sencillamente la gloria a casa. La tarde pasó como un soplo. Mi mujer estaba también encantada con aquel hombre, y se unió a mi  vivo ruego a  comer con nosotros. Pensábamos, simplemente no dejarlo ir hasta las doce.

X accedió, y durante la cena y después de ella, ni mi mujer ni yo dejamos un momento de felicitarnos de aquella visita.

Lo mismo que la tarde, la noche voló.

Al dar las diez X se quiso ir, pero no hubo modo. Apenas a las once y cuarto le dimos libertad, y estoy convencido de que son muy pocas las personas capaces de dejar tal recuerdo de una visita de ocho horas. Lo acompañé hasta la puerta, lo detuve  aún cinco minutos, y cuando por fin lo dejaba que se fuera, X me dijo si "quería" prestarle dos pesos. Es a esto que yo llamo trabajar -concluyó Alemandri.

El comerciante lo miró con una asombrada a la par que convencida sonrisa.

-Vea usted, vea usted -dijo- para mí todo eso no pasa de un vulgar... ¿me permite usted? Creo que la vergüenza de ese señor... en fin!...

-No, no, concluya -apoyó plácidamente Alemandri.

-¡Hombre! Pues bien, creo que ese señor no tiene dignidad... sabe usted... ir a pedir dos pesos... ¡eso es un  cuento del tío, si usted me permite!

-Si, señor, le permito todo. Pero yo creo a mi vez esto: Yo no sé que trabajo se requiere para ganar diez sobre lo que costó tres, y esto yo lo ignoro porque no soy, ni he sido, ni seré jamás comerciante. Pero sé que ocho horas de una conversación llena de encanto -y científica, filosófica, literaria, si usted quiere- vales mil veces más que  esos miserables dos pesos, y yo por mi parte hubiera ofrecido con gusto diez por un día como el que me trajo X. Y además  esto otro: el hombre que comprende la irregularidad de un pedido así, hasta el punto de esforzarse en rescatarlo entregando durante ocho horas toda una vida de lucha intelectual, ese hombre tiene para mí, en ese acto, un millón de veces más dignidad que la que se necesita para cualquier monopolio de cualquier pan en cualquier parte.

Por otro lado -concluyó Alemandri en pacificadora despedida- no creo que nos hubiera sido muy fácil, a usted y a mi, ganar de idéntica manera esos dos pesos.

El dibujante no supo nunca que aptitud se reconocía  su interlocutor para la empresa: una conversación artística de ocho horas... De este modo se congratuló por largo tiempo de no haber sentado sino hipótesis la terrible aventura.

 

 

 

publicado en revista Caras y Caretas, Nro. 649, (Buenos Aires, 11/03/1911)

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:18, Categoría: cuento
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fernando pessoa

XXX

Si queréis que tenga un misticismo, está bien, lo
   tengo.
Soy místico, pero sólo con el cuerpo.
Mi alma es sencilla y no piensa.

Mi misticismo es no querer saber.
Es vivir y no pensar en ello.

No sé qué es la Naturaleza: la canto.
Vivo en la cima de un otero
En una casa encalada y solitaria,
Y ésa es mi definición.

Alberto Caeiro..FERNANDO PESSOA

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:17, Categoría: poesia
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jorge humberto

SORRISO
Borboletas, são sorrisos
De flores, pela manhã.
E ao observá-las
(Às flores, no jardim),
Os meus olhos julgam perceber,
Na claridade crepuscular,
Da manhã chegada,
Um louva-a-deus, a rezar,
Numa folha de hortelã.
Jorge Humberto
in Fotogravuras I

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:06, Categoría: poesia
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dulce maria loynaz, cuba

 

AMOR ES...

Amar la gracia delicada
del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan...
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces....
Amar lo amable, no es amor:

Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra...

Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...

Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!...

Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar;

y lo que es más que perdonar
es comprender...
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar ...

¡Amor es resucitar!

Dulce María Loinaz

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 15:00, Categoría: poesia
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daniel a. gomez, gijon.

                                                        Amor de la tierra verde

 

Amor de la tierra verde,

ebrias de savias las flores;

un arco iris con tizas a colores,

revolando en las áureas pulpas del polen,

entre las pálidas cascadas con quieta nieve.

Y el blanco frío, amargado

en los silenciosos labios invernales.

Hay, sin embargo, una rota mudez

por azar de la espuma cargada de olas.

Mar que sopla los años, y rompiendo

sus crestas impetuosas sobre las costas

de estas piedras. Sollozar así

sus dorados océanos en las orillas,

ricas en puñados de bellos oros de arena.

Tus cantiles, ah paisaje de verde viento y norte,

robles intensos con sus centurias de raigambre

ahogadas bajo la patria tierra.

Ved entonces a la vasta y remota

soledad entre los oleajes encrespados,

conmovidos, dolidos, antiguos, añejos,

igual, en mala teología pero no inepto verso,

al dedo creador de Dios.

Y la lírica; cítaras del extraño rosal

del hielo frígido en los pétalos,

sintiendo las espinas

de la piel rosada en sus mares.

Tempestad de los dulces ojos en los océanos;

ánimas son estos llantos que se destrozan

sobre el musgal, prieto en la escollera,

y un desgarrón de burbuja nevada

claudica en el acre nido del cangrejo.

Ah manjares viajeros,

embajada de unos solares con limos de sal

y tercas y plateadas rompientes

sobre la grisácea soberbia

del henchido velo, cruento en el almejar.

Agrias son estas tardes, mi alma,

y mistéricos los fríos lunares de las noches.

Amor a la tierra esmeralda en los pinos.

Y su crepúsculo, jugoso de cereza y de fresa,

se derrama por el mar. Espesas

son las venas del tierno néctar marino.

Con el áspero sabor del otoño, pues,

cuyas tardes de invierno llevan aguas;

para que las orillas así tiñan de rocíos

a la sangre

que no descansa de las rojos reflujos del ocaso.

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 7:05, Categoría: poesia
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album infantil ilustrado

VI CERTAMEN INTERNACIONAL DE ALBUM INFANTIL ILUSTRADO CIUDAD DE ALICANTE 

 

Podrán concurrir a este premio todos los autores que lo deseen, de cualquier nacionalidad, sin limitación alguna en cuanto al número de proyectos.

 

Las obras presentadas, escritas en lengua castellana, deberán ser originales e inéditas, y no haber sido galardonadas en ningún otro concurso. No se admitirán aquellas obras que sean traducción o adaptación de otros originales.

 

Se establece una dotación económica de 12.000 €, dividida en un primer premio de 7.500 €, y, un segundo, de 4.500 €. Ambos lo son en concepto de anticipo de derechos de autor. En cualquier caso, el Jurado de este premio se reserva el derecho de hacer mención especial de alguna o algunas de las obras no premiadas, que, por su calidad e interés, se hagan dignas de ella.

 

Los premios serán indivisibles y se concederán a los proyectos globales, valorándose en igualdad de condiciones el texto y la ilustración, pudiendo ser realizados por una o varias personas. Por otro lado, los premios podrán ser declarados desiertos.

 

Los proyectos se ajustarán al tamaño DIN A-4 o proporcional al mismo, no pudiendo sobrepasar los 40 cms. en ninguna de las dimensiones. La extensión máxima del álbum, incluyendo texto e ilustración, no podrá exceder de las 24 páginas (portada aparte).

 

Los autores que opten a los premios deberán presentar: seis copias impresas del texto, dos ilustraciones originales y cinco fotocopias en color de las mismas; y una maqueta, indicando qué lugar ocupan en la misma las ilustraciones, tanto las dos originales como el resto (que deberán estar bocetadas), y el texto.

 

El plazo de presentación de originales se abre con la publicación de estas bases y finaliza el 28 de febrero de 2006, a las 14 horas. Serán remitidos o entregados en el Patronato Municipal de Cultura: Centro Municipal de las Artes, Plaza de Quijano, nº 2 -03002-Alicante; especificando en el sobre “Para el VI Certamen Internacional de Álbum Infantil Ilustrado Ciudad de Alicante”.En los sobres que se envíen a través de oficinas o agencias de transportes se hará constar de forma visible la fecha de su entrega, sin que exista mención alguna del remitente.

 

Con el fin de preservar el anonimato de los autores, las obras se presentarán en un sobre con la sola indicación del título y lema o pseudónimo. Dentro del mismo se incluirá otro sobre cerrado con el título del trabajo y el lema o pseudónimo, que contendrá una fotocopia del D.N.I. o pasaporte del concursante, dirección, teléfono, y una breve reseña biográfica .

 

Lo originales no seleccionados serán devueltos a los autores que así lo soliciten por escrito o se personen a recogerlos, en el plazo de tres meses después de producirse el fallo. Los gastos de envío correrán a cargo de los interesados. Los originales no reclamados serán destruidos pasado dicho plazo.

 

El Patronato Municipal de Cultura nombrará un Jurado que estará presidido por el Presidente del mismo, actuando de Secretario el del mismo organismo autónomo o funcionario en quien delegue, y estará integrado por personas de reconocido prestigio en el mundo de la literatura y la ilustración. De acuerdo al número de obras presentadas, el Patronato Municipal de Cultura podrá nombrar un comité de selección previo. El fallo del jurado se hará público en un acto a celebrar en la ciudad de Alicante durante la primera quincena del mes de junio de 2006, coincidiendo con la Feria del Libro; y será inapelable.

 

Los ganadores de los premios se comprometen a finalizar el trabajo de ilustración antes del 1 de septiembre de 2006.

 

La Editorial Anaya publicará dentro del año de la convocatoria y durante el mes de diciembre los dos proyectos premiados. Asimismo, la Editorial Anaya tendrá prioridad de publicación de aquellos trabajos que hayan recibido mención especial del Jurado. Este derecho tendrá una vigencia de un año, pasado el cual los autores podrán disponer libremente de sus obras. En todas las publicaciones se hará constar en lugar visible de la edición y/o de la publicidad, la circunstancia de ser Premio del Sexto Certamen Internacional de Álbum Infantil ilustrado “Ciudad de Alicante” 2006, mencionando a las entidades convocantes del mismo.

 

El Patronato Municipal de Cultura de Alicante, siempre que exista un arte final en soporte papel de los originales, se reserva el derecho a exponerlos en una de sus salas municipales de exposiciones.

 

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 6:39, Categoría: concursos literarios
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8 de marzo

X CERTAMEN DE RELATOS BREVES DIA 8 DE MARZO

 

La participación sera libre

 

El tema versará sobre mujer, su mundo y vivencias

 

Los relatos tendrán una extensión mínima de dos folios y máxima de cinco mecanografiados por una sola cara a doble espacio.

 

Las obras se escribirán en lengua castellana.

 

Los textos deberán ser originales e inéditos.

 

Los trabajos se presentarán en original y tres copias bajo lema o seudónimo que figurara al dorso de los mismos. se adjuntará un sobre, en cuyo exterior se repetirá el lema o seudónimo, y en su interior se introduciran los datos personales del autor/a( nombre y apellidos, direccion, telefono).

 

A los trabajos se adjuntará el texto en formato informático.

 

Se establecen los siguientes premios:

 

1º premio........................................ 500 euros
2º premio........................................ 300 euros
3º premio........................................ 150 euros

 

Los textos se presentaran hasta las 15 horas del dia 22 de febrero de 2006, en el centro municipal de servicios sociales, Avd Magisterio s/n, 10300.-Navalmoral de la Mata (Cáceres).

 

La entrega de premios tendrá lugar el dia 8 de marzo de 2006 en lugar y horario a determinar, siendo obligatorio la presencia en dicho acto para recibir el premio.

 

Las obras participantes quedaran en poder del Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, que se reservará el derecho de publicar las mismas.

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 6:37, Categoría: concursos literarios
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ensayo

V Premio Casa de América, de ensayo. (1 de abril de 2006).
____________________________________
La CASA DE AMÉRICA y EDICIONES PENÍNSULA, con el propósito de contribuir al fomento de la reflexión y de la crítica en torno a las realidades de nuestro tiempo, han decidido convocar el V Premio de Ensayo Casa de América. Las entidades convocantes, comprometidas con la promoción de la cultura iberoamericana en sus más diversas manifestaciones, animan al que lo desee a enviar sus obras de análisis, comentario o crítica a este certamen. Podrán optar las obras que se ajusten a las siguientes bases:
1. Ensayos (en el más amplio sentido de la palabra) escritos en castellano, inéditos, de autor o autora de cualquier nacionalidad Iberoamericana, no en coautoría, que no se presenten a otro premio y cuyos derechos no hayan sido cedidos a ningún editor en el mundo.
2. Extensión mínima de 150 páginas (tamaño folio o DINA-4) mecanografiadas a doble espacio y por una sola cara.
3. Deberá remitirse una copia del original a:
V Premio de Ensayo Casa de América
Casa de América, Paseo de Recoletos 2
28001 Madrid
España
La obra se presentará bajo pseudónimo y deberá adjuntarse un sobre cerrado que contendrá en su interior el nombre, la fotocopia del documento de identidad o acreditativo de la nacionalidad, la dirección y el teléfono del autor, así como un breve currículum.
No se aceptarán originales presentados con descuidos ortográficos, tipográficos o ilegibles.
4. El plazo de admisión de originales finalizará el 1 de abril de 2006. Se aceptarán aquellos envíos que, con fecha postal en plazo, lleguen más tarde.
5. El premio, dotado con seis mil euros (6.000 €) como anticipo de derechos de autor, incluye la publicación del libro ganador por Ediciones Península. La cuantía se entregará al ganador durante el acto de concesión del premio.
6. El Jurado estará compuesto por un representante de Casa de América, un representante de Ediciones Península y tres acreditadas personalidades de la cultura iberoamericana, además de un secretario designado por los organizadores, con voz pero sin voto. Los nombres de los representantes del jurado se revelarán durante el fallo del premio.
7. El fallo del premio se dará a conocer al tiempo de la publicación del libro en Madrid y en Barcelona a través de los medios de comunicación, así como por los medios institucionales de las entidades convocantes y las páginas electrónicas de Casa de América (www.casamerica.es) y de Ediciones Península (www.grup62.com)
8. El jurado podrá declarar desierto el premio si, a su juicio, ninguna obra posee calidad suficiente para obtenerlo.
9. Los organizadores no mantendrán correspondencia acerca de los originales presentados, los cuales no se devolverán. Una vez fallado el premio, los textos que no resulten ganadores serán destruidos.
10. La participación en este Premio implica la aceptación de sus bases. La interpretación de las mismas o de cualquier aspecto no señalado en ellas, corresponde sólo al Jurado.
Más información:
Tel. (+34) 91 5954836
E-mail: tribuna@casamerica.es

Por lobitogabriel - 17 de Febrero, 2006, 6:36, Categoría: concursos literarios
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